Masaccio: Adán y Eva expulsados del Paraíso.

sábado, 28 de agosto de 2010

LA LEYENDA DEL REY MONO

Estoy sentado frente al ordenador pensando en algo que escribir, mirando la pantalla vacía del ordenador, una enorme cafetera electrónica de la época medieval, sorbiendo una lata de una desconocida marca alemana de cerveza barata que, sorprendentemente, sabe muy bien, el humo del tabaco flota en el aire a mi alrededor. Miro hacia arriba y ahí está esa pequeña urna de barro, encima de la estantería, esperándome.
Me reclino. A mi derecha, tumbado sobre la cama, esta uno de mis gatos, durmiendo, ajeno a todo esto, a la angustia del escritor. Ajeno a las hipotecas, los curros de mierda y las resacas, una raza superior. ¡Maldito cabrón peludo! Me acerco a el con la intención de molestarle un rato. Empiezo a frotarle la barriga, se estira enérgicamente, tensando todo su cuerpo. Froto con mas violencia, me agarra y empieza a morderme la mano, no se anda con tonterías.
- ¡Maldito cabrón peludo!
No es el primer gato que tengo, siempre he tenido gatos, recuerdo especialmente uno de ellos.
No se como ese pequeño bastardo llegó a mi vida, yo debía tener unos trece años. Creo que una de las gatas de mi hermana había tenido cachorros y, como suele ocurrir en estos casos, los pequeños suelen ser endosados a familiares o amigos. A nosotros en concreto nos endosaron dos, una hembra y un macho, el macho estaba muy delgado, por lo visto era el débil de la camada y sus hermanos le pegaban y no le dejaban mamar, era un jodido perdedor, le cogí cariño al instante. Cuando les trajimos a casa estaban asustados, dormían en el garaje, abrazados, metidos en una caja de frutas. La hembra se escapó unos meses después y no volvimos a verla nunca, espero que tuviese una vida feliz.
Bauticé al enano con el nombre de Goku, en homenaje a la serie dragon ball de Akira Toriyama de la que yo era un gran seguidor, mi personaje preferido de la serie siempre fue Piccolo, un alienigena de color verde que empezó como villano pero después se unió a los buenos. Era apático, amargado, serio, intentaba no mostrar afecto por nadie, lo cual era una pose ya que también tenía su corazoncito y siempre acudía cuando se le necesitaba, era frío e inteligente, me identificaba bastante con este alienígena. No obstante decidí llamar al gato Goku porque me parecía mejor nombre para un gato.
Goku era un cagón, tardó mucho en coger confianza y cuando lo hizo, por alguna razón, me cogió cariño a mi, es bien sabido que los gatos suelen escoger a su amo, no al contrario. Era bastante tranquilo y bueno, no era uno de esos gatos locos que siempre están liándola, siempre fue muy calmado, excepto en sus gustos musicales. Al cabrón le gustaba la música, especialmente el metal, era un gato metalero, siempre que estaba en mi habitación tocando la guitarra venía y se sentaba en la cama a escucharme, yo me peleaba con las partituras de Megadeth o Metallica y el se quedaba ahí sentado escuchando con atención, incluso me recriminaba cuando paraba, se ponía a maullar y empezaba a mordisquear las púas, luego yo seguía y el se sentaba a escuchar.
Un día la llamada de los instintos se apoderó de el como nos pasa a todos los machos, entró en celo, empezó a marcar la casa, se meaba en las esquinas y en el sofá poniendo histérica a mi madre.
- ¡El puto gato se ha vuelto a mear en el salón!
Por aquel entonces vivíamos en un chalet, Goku se largaba de fiesta por las noches y a veces tardaba un par de días en volver, yo me ponía de los nervios, pero siempre volvía, supongo que tuvo descendencia en esas noches de desenfreno.
Un día me levanté de la cama, Goku no había venido a casa en los últimos dos días y me tenía preocupado, salí de la habitación y allí estaba, tranquilamente sentado en un sofá, yo respiré aliviado, pero la calma duró solo hasta que me acerqué a acariciarlo. Cuando estuve frente a el vi que tenía la cara cubierta de sangre, se me aceleró el pulso.
- ¡Joder, joder, que te ha pasado enano, joder!
Lo cogí presa del pánico y le limpié la cara, tenía una herida encima del ojo, le puse hielo para bajar la hinchazón, el no decía nada, no se quejaba, nunca perdía la calma.
Varios días después vi que de la herida asomaba algo, al principio pensé que era la costra pero cuando me acerqué mas vi que era algo metálico, cogí y tiré, era un perdigón, un puto perdigón, alguien había disparado a mi gato.
- ¡Me cago en todo, hijos de puta, quien ha sido, quien ha sido el cabrón!
Nunca llegué a averiguarlo, pero me pasé unos días hecho una furia, no me cabía en la cabeza que alguien pudiera disparar a un pobre gato seguramente solo por diversión, aunque por contra no me costaba imaginarme a mi mismo torturando a ese cabrón y disfrutando con ello.
Pudo quedarse tuerto pero, por suerte, se salvó por unos milímetros.
Debido al olor general de la casa mi madre decidió que había que castrarlo, yo como hombre me opuse, pero mi opinión no tenía ningún peso y al final lo llevaron al veterinario, cuando lo trajeron estaba sedado, me entristecí mucho. Después de aquello se volvió mucho mas tranquilo, una parte de su alegría por la vida se fue junto a sus pelotas, y yo lo entendía perfectamente, mi madre se alegró porque dejó de mearse por la casa.
Intenté darle todo mi apoyo en esos duros momentos.
En una ocasión nos fuimos varios días de vacaciones, otra cosa buena de los gatos es que no hay que sacarlos a pasear y puedes ausentarte tranquilamente unos días siempre y cuando les dejes comida y arena limpia, así lo hicimos, pero por lo visto alguien tuvo un descuido y le dejamos cerrado el baño con la arena. Cuando regresamos el gato se había cagado en el salón, pero todos nos asombramos de su comportamiento, el pobre había cogido arena de las plantas y había tapado cuidadosamente sus heces, nunca he visto a un gato hacer algo parecido, que listo y que limpio que era mi pequeño cabrón.
Empezó a engordar y acabó echo una bola, por lo visto eso es normal en gatos castrados, llegó hasta los nueve kilos de peso. Todos los días dormía en mi cama y si yo tenía la puerta cerrada empezaba a arañarla y maullar hasta que le abría, fue muy útil en invierno, como una bolsa de agua caliente en los pies.
A pesar de estar castrado tuvo un idilio con la gata del vecino, iba a verla todos los días y se tumbaban juntos en el patio, el echo de no poder consumar su relación lo hacía mas romántico, mas puro, se lavaban, jugaban.
También le dio por cazar, muchas mañanas nos traía murciélagos y pájaros que cazaba por la noche, los dejaba en la puerta como regalo, era su aportación a la economía familiar, supongo que pensaba que los cocinábamos y nos los comíamos, que majo, los traía sintiéndose orgulloso, yo le felicitaba y luego tiraba los cadáveres a la basura sin que me viera.
Su vida transcurrió tranquila con nosotros, soportó las mudanzas y la locura habitual de los humanos, me conocía perfectamente y cuando estaba abatido por discusiones familiares o de otro tipo siempre venía a animarme, también cuando llegaba a casa borracho y vencido, se me subía encima y empezaba a restregarme su cara hasta que conseguía cambiar mi humor, y el cabrón lo conseguía siempre, día tras día, movida tras movida, resaca tras resaca, durante once años.
Un día le dio por dejar de comer, al principio ninguno se dio cuenta, luego se hizo evidente porque empezó a adelgazar y estaba mas apagado de lo habitual. Lo llevamos al veterinario, no consiguió decirnos las causas y me dijo que tendría que alimentarle a la fuerza. Compré una jeringuilla de plástico, todos los días cogía su comida enlatada y la batía hasta transformarla en un puré, metía el puré en la jeringuilla y luego cogía a Goku e intentaba que se lo tragase, no quería hacerlo, la mayoría acababa por los suelos o sobre mi, a veces me ponía de mal humor, aunque luego la preocupación y la incertidumbre me abatían aun mas.
- ¿Que te pasa tío?, ¿por que no comes?, venga hombre, hazlo por mi joder, si no puedes enfermar.
- .........
- Venga tío, por favor, solo un poquito.
- .........
Pero no comía y seguía adelgazando, el veterinario no sabía la causa por mas pruebas que le hacía.
Goku estaba cada vez mas delgado y apagado.
Ya no vivíamos en el chalet, ahora estábamos en un frío piso, yo pensé que quizás estaba deprimido, que echaba de menos el aire fresco, el césped y la tierra, todas esas cosas que nosotros los humanos hemos aprendido a perder sin preguntarnos cómo ni por qué. Le compré un arnés y me lo llevaba al parque, noté que se emocionó bastante cuando le bajé, olisqueaba todo, no se acostumbraba muy bien al arnés y estaba bastante débil pero se que le gustó, incluso echó una pequeña cagada, llevaba mucho tiempo sin cagar, soltó un gemido cuando lo hacía, un gemido de dolor que me entristeció bastante. Lo cogí en brazos y le acaricié.
Me lo llevé al fondo del parque, era en el extremo de la ciudad y había un enorme descampado, era el único sitio al que podías mirar sin ver enormes edificios, ya no existe ese lugar, han levantado infinidad de pisos ahí, me senté con Goku en brazos y nos pusimos a mirar el horizonte, estaba atardeciendo.
- Mira tío, ¿lo ves?, la inmensidad, la libertad, ahora estamos jodidos, pero aguanta, por favor, ¿lo harás?, te prometo que cuando pueda, cuando las cosas vayan mejor, te prometo que viviremos en un chalet, podrás volver a cazar y a tumbarte al sol, te lo prometo colega pero aguanta, tu y yo contra el mundo, no me dejes.
Siguieron las visitas al veterinario, los paseos al parque y la alimentación con jeringuilla pero no había mejoras, solo empeoramiento, al haber estado tan gordo y ahora tan delgado su aspecto era horrible, lleno de pellejos colgando, además había empezado a ponerse amarillo, los ojos, la boca. Yo también agonizaba, la impotencia me comía por dentro, casi siempre que intentaba alimentarle con la jeringuilla acababa llorando.
Estaba ahí, tumbado en mi cama, como siempre, una sombra de lo que fue, derrotado, me senté en la cama a su lado y le acaricié, me miró, sus ojos eran muy tristes.
- Tío, ponte bien joder, te quiero.
Entonces en una de mis caricias le desprendí la piel, como si quitara una camiseta, su piel se abrió, pude ver los músculos debajo, sanguinolentos, salté presa del horror.
- ¡¡Joder, dios mio, dios mio, joder, joder!!
Empecé a andar en círculos, presa del pánico y la confusión, llorando, Goku me miraba, no se quejaba.
- ¡¡Joder, no, joder, no!!
Supe que habíamos perdido.
A la mañana siguiente, sin dormir, fui con el al veterinario, ambos sabíamos a qué.
Cuando abrí la gatera Goku no se movió, tuve que sacarlo en brazos de ahí, lo puse en una fría camilla de hierro, el veterinario y su ayudante menearon la cabeza, uno de ellos fue a por la inyección, yo me agaché y me puse a la altura de Goku, acaricié su cabeza.
- Ya está colega, ya está, se acabó, tranquilo, ahora a descansar, te lo mereces, has sido el mejor, el puto amo tío, el mejor, adiós amigo.....
Me miraba, estoy convencido de que el cabrón entendía todas y cada una de las palabras. Miré al veterinario y asentí.
Pude ver el segundo exacto en el que la vida lo abandonaba, en su mirada lo noté perfectamente, seguía con los ojos abiertos pero ya no había nada tras ellos, besé su cabeza y todo se puso borroso, mis ojos se empañaron y empecé a llorar como un niño pequeño.
Cuando salí de ahí estaba en estado de shock, había gente sentada con sus mascotas, perros y gatos de diversos colores y formas, todos me miraron, supongo que mi cara era un poema.
Salí al exterior, hacía un bonito día, el sol estaba alto, yo me arrastré hasta casa.
Hay un echo cuanto menos curioso, ese día, a esa misma hora, mi padre, al que casi no conocí fallecía a miles de kilómetros de allí por una enfermedad relacionada con los gatos, he pensado mucho en ello, evidentemente no he llegado a ninguna conclusión.
Cuando llegué a casa Marcos, mi otro gato, estaba en la puerta esperándome, nos miramos.
- Se acabó, ya se fue.
- ...........
Fui a la habitación y me senté en la cama.
Unos días después regresé al veterinario y me entregó la urna con las cenizas, puse encima el collar que le había comprado para bajarle a la calle, un pequeño collar de color verde, y coloqué la urna en la estantería.
Ahora, mientras escribo esta mierda y se me empañan los ojos miro hacia arriba y ahí sigue la urna, esperándome.
- Ya queda poco colega, ya queda poco.

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